Denmark
Own
Dueรฑo
Dueรฑa
๐๐จ๐ฅ๐จ๐ฌ๐ฌ๐ข๐๐ง๐ฌ ๐:๐
“๐๐ฌ
๐ฒ๐ ๐ก๐๐ฏ๐ ๐ญ๐ก๐๐ซ๐๐๐จ๐ซ๐ ๐ซ๐๐๐๐ข๐ฏ๐๐ ๐๐ก๐ซ๐ข๐ฌ๐ญ
๐๐๐ฌ๐ฎ๐ฌ ๐ญ๐ก๐ ๐๐จ๐ซ๐, ๐ฌ๐จ ๐ฐ๐๐ฅ๐ค ๐ฒ๐ ๐ข๐ง ๐ก๐ข๐ฆ:”
๐๐ก๐๐ฌ๐ฌ: "๐๐ฐ๐ง" "๐๐ซ๐จ๐ฉ๐ข๐จ" "๐๐ฎ๐๐ง̃๐จ" "๐๐ฎ๐๐ง̃๐"
๐๐ ๐๐๐๐๐๐๐; ๐๐ ๐๐๐๐๐๐๐ ๐ ๐๐ ๐๐๐๐๐๐ ๐๐๐๐๐๐๐๐
Hay objetos que no son meros objetos, sino formas de caminar. ๐๐ ๐๐๐ซ๐ซ๐๐ญ๐ ๐๐จ๐ฌ๐ญ๐๐ซ๐ซ๐ข๐๐๐ง๐ฌ๐ — humilde, colorida, sostenida por tres parales que parecen tres fidelidades — pertenece a esa categorรญa. No es solo un vehรญculo: es un modo de recibir el peso del mundo sin romperse, un modo de avanzar sin violencia, un modo de honrar lo que se carga. En ella, el cafรฉ maduro no es botรญn ni trofeo, sino fruto que se transporta con paciencia, con ritmo, con obediencia al camino. La carreta enseรฑa, sin palabras, que lo recibido se vuelve verdadero solo cuando se anda.
En el extremo opuesto de esa mansedumbre se encuentra ๐๐ ๐ข๐ง๐ญ๐ซ๐ฎ๐ฌ๐ ๐๐ ๐๐จ๐ซ๐ ๐๐ฌ, un relato donde la recepciรณn se vuelve posesiรณn, y la posesiรณn se vuelve tragedia. Los hermanos Nilsen creen haber recibido algo precioso, pero lo reciben mal: reciben a Juliana como se recibe un objeto, no una presencia; como se recibe un deseo, no una revelaciรณn. La comparten sin entregarse, la poseen sin comprenderla, la sacrifican sin transformarse. Y en ese gesto final — brutal, seco, casi ritual — descubren, sin saberlo, que lo que habรญan recibido no era Cristo, sino una imagen deformada de รl. Una encarnaciรณn falsa, una comuniรณn sin conversiรณn, una cercanรญa sin camino.
Ese descubrimiento, aunque narrado en clave de violencia, es profundamente espiritual. Porque hay recepciones que no son autรฉnticas, y hay presencias que solo parecen sagradas. El corazรณn humano, cuando no discierne, confunde la gracia con el deseo, la encarnaciรณn con la utilidad, la comuniรณn con el uso. Y entonces, como los hermanos, termina sacrificando no a Cristo, sino al รญdolo que habรญa tomado por Cristo. La muerte de Juliana no es la muerte de la gracia, sino la muerte de la falsa gracia. Es el momento oscuro en que el alma comprende que habรญa recibido mal, que habรญa confundido la apariencia con la verdad.
๐๐ฌ ๐๐ช๐ฎ๐ข́ ๐๐จ๐ง๐๐ ๐๐จ๐ฅ๐จ๐ฌ๐๐ง๐ฌ๐๐ฌ ๐:๐ ๐๐ง๐ญ๐ซ๐ ๐๐จ๐ฆ๐จ ๐๐ฅ๐๐ฏ๐ ๐ก๐๐ซ๐ฆ๐๐ง๐́๐ฎ๐ญ๐ข๐๐:
“๐๐ฌ๐ข́ ๐๐จ๐ฆ๐จ ๐ซ๐๐๐ข๐๐ข๐ฌ๐ญ๐๐ข๐ฌ ๐๐ฅ ๐๐๐ง̃๐จ๐ซ ๐๐๐ฌ๐ฎ๐๐ซ๐ข๐ฌ๐ญ๐จ, ๐๐ง๐๐๐ ๐๐ง ๐́๐ฅ.”
El versรญculo no es una orden moral, sino una advertencia ontolรณgica:
lo recibido sin camino se pudre;
lo recibido sin entrega se deforma;
lo recibido sin obediencia se convierte en intrusa.
La carreta encarna la recepciรณn correcta: lo que se recibe se carga, lo que se carga se honra, lo que se honra se camina. La intrusa encarna la recepciรณn equivocada: lo que se recibe se usa, lo que se usa se disputa, lo que se disputa se destruye. Y entre ambas imรกgenes — la carreta que avanza y la mujer sacrificada — se abre el espacio donde Colosenses ilumina: recibir a Cristo no es poseerlo, ni compartirlo como un objeto, ni sacrificarlo para preservar el propio ego. Recibir a Cristo es andar en รl, dejar que รl ordene, que รl transforme, que รl revele.
Asรญ, la carreta costarricense se vuelve un รญcono de la fe autรฉntica; La intrusa, un espejo oscuro de la fe deformada; y Colosenses, el puente que permite discernir entre ambas. El caminante que entiende esto ya no teme a la sombra, porque sabe que incluso la sombra puede revelar la luz que habรญa sido mal recibida. Y entonces, con la carreta como maestra y Borges como advertencia, aprende a recibir a Cristo no como intrusa, sino como camino.
๐๐ ๐ข๐ง๐ญ๐ซ๐ฎ๐ฌ๐
[๐๐ฎ๐๐ง๐ญ๐จ - ๐๐๐ฑ๐ญ๐จ ๐๐จ๐ฆ๐ฉ๐ฅ๐๐ญ๐จ.]
๐๐จ๐ซ๐ ๐ ๐๐ฎ๐ข๐ฌ ๐๐จ๐ซ๐ ๐๐ฌ
Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristiรกn, el mayor, que falleciรณ de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morรณn. Lo cierto es que alguien la oyรณ de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitiรณ a Santiago Dabove, por quien la supe. Aรฑos despuรฉs, volvieron a contรกrmela en Turdera, donde habรญa acontecido. La segunda versiรณn, algo mรกs prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeรฑas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaรฑo, un breve y trรกgico cristal de la รญndole de los orilleros antiguos. Lo harรฉ con probidad, pero ya preveo que cederรฉ a la tentaciรณn literaria de acentuar o agregar algรบn pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El pรกrroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres gรณticos; en las รบltimas pรกginas entreviรณ nombres y fechas manuscritas. Era el รบnico libro que habรญa en la casa. La azarosa crรณnica de los Nilsen, perdida como todo se perderรก. El caserรณn, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguรกn se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demรกs, entraron ahรญ; los Nilsen defendรญan su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormรญan en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sรกbados y el alcohol pendenciero. Sรฉ que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirรญan hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temรญa a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policรญa. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevรณ la peor parte, lo cual, segรบn los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahรบres. Tenรญan fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvรญan generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dรณnde vinieron. Eran dueรฑos de una carreta y una yunta de bueyes.
Fรญsicamente diferรญan del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habรญan sido hasta entonces de zaguรกn o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristiรกn llevรณ a vivir con รฉl a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba asรญ una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmรณ de horrendas baratijas y que la lucรญa en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavรญa, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompaรฑaba al principio. Despuรฉs emprendiรณ un viaje a Arrecifes por no sรฉ quรฉ negocio; a su vuelta llevรณ a la casa una muchacha, que habรญa levantado por el camino, y a los pocos dรญas la echรณ. Se hizo mรกs hosco; se emborrachaba solo en el almacรฉn y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristiรกn. El barrio, que tal vez lo supo antes que รฉl, previรณ con alevosa alegrรญa la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristiรกn atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperรกndolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venรญa con el mate en la mano. Cristiรกn le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farรญas. Ahรญ la tenรฉs a la Juliana; si la querรฉs, usala.
El tono era entre mandรณn y cordial. Eduardo se quedรณ un tiempo mirรกndolo; no sabรญa quรฉ hacer. Cristiรกn se levantรณ, se despidiรณ de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montรณ a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrรก los pormenores de esa sรณrdida uniรณn, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podรญa durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutรญan la venta de unos cueros, pero lo que discutรญan era otra cosa. Cristiรกn solรญa alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celรกndose. En el duro suburbio, un hombre no decรญa, ni se decรญa, que una mujer pudiera importarle, mรกs allรก del deseo y la posesiรณn, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algรบn modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzรณ con Juan Iberra, que lo felicitรณ por ese primor que se habรญa agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injuriรณ. Nadie, delante de รฉl, iba a hacer burla de Cristiรกn.
La mujer atendรญa a los dos con sumisiรณn bestial; pero no podรญa ocultar alguna preferencia por el menor, que no habรญa rechazado la participaciรณn, pero que no la habรญa dispuesto.
Un dรญa, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahรญ, porque tenรญan que hablar. Ella esperaba un diรกlogo largo y se acostรณ a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenรญa, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le habรญa dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Habรญa llovido; los caminos estaban muy pesados y serรญan las once de la noche cuando llegaron a Morรณn. Ahรญ la vendieron a la patrona del prostรญbulo. El trato ya estaba hecho; Cristiรกn cobrรณ la suma y la dividiรณ despuรฉs con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maรฑana (que tambiรฉn era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reรฑidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solรญan incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de aรฑo el menor dijo que tenรญa que hacer en la Capital. Cristiรกn se fue a Morรณn; en el palenque de la casa que sabemos reconociรณ al overo de Eduardo. Entrรณ; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristiรกn le dijo:
-De seguir asรญ, los vamos a cansar a los pingos. Mรกs vale que la tengamos a mano.
Hablรณ con la patrona, sacรณ unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristiรกn; Eduardo espoleรณ al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame soluciรณn habรญa fracasado; los dos habรญan cedido a la tentaciรณn de hacer trampa. Caรญn andaba por ahรญ, pero el cariรฑo entre los Nilsen era muy grande -¡quiรฉn sabe quรฉ rigores y quรฉ peligros habรญan compartido!- y prefirieron desahogar su exasperaciรณn con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habรญan traรญdo la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvรญa del almacรฉn, vio que Cristiรกn uncรญa los bueyes. Cristiรกn le dijo:
-Venรญ, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los carguรฉ; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, mรกs al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; despuรฉs, por un desvรญo. El campo iba agrandรกndose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristiรกn tirรณ el cigarro que habรญa encendido y dijo sin apuro:
-A trabajar, hermano. Despuรฉs nos ayudarรกn los caranchos. Hoy la matรฉ. Que se quede aquรญ con su pilchas, ya no harรก mรกs perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro cรญrculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligaciรณn de olvidarla.
FIN
El informe de Brodie, 1970
๐๐จ๐ฅ๐จ๐ฌ๐ฌ๐ข๐๐ง๐ฌ ๐:๐
“๐๐ฌ ๐ฒ๐ ๐ก๐๐ฏ๐ ๐ญ๐ก๐๐ซ๐๐๐จ๐ซ๐ ๐ซ๐๐๐๐ข๐ฏ๐๐ ๐๐ก๐ซ๐ข๐ฌ๐ญ ๐๐๐ฌ๐ฎ๐ฌ ๐ญ๐ก๐ ๐๐จ๐ซ๐, ๐ฌ๐จ ๐ฐ๐๐ฅ๐ค ๐ฒ๐ ๐ข๐ง ๐ก๐ข๐ฆ:”
๐๐ก๐๐ฌ๐ฌ: "๐๐ฐ๐ง" "๐๐ซ๐จ๐ฉ๐ข๐จ" "๐๐ฎ๐๐ง̃๐จ" "๐๐ฎ๐๐ง̃๐"